por Cristina Garcia Gilabert
Dentro de los trastornos de ansiedad que estamos comentando en estos artículos, posiblemente las fobias son uno de los más conocidos y extendido. En sí, es un fenómeno bastante común entre la población, aunque la incapacidad que produce es limitada. Una definición casera de fobia vendría a ser un miedo desproporcionado a una situación u objeto, pudiéndose presentar o no un ataque de pánico.
Según el DSM – IV, para poder diagnosticar este trastorno es necesario:
Tal y como puede observarse, el factor básico en este diagnóstico es el miedo y la ansiedad valoradas como excesivas o irracionales que nos hacen tener respuestas de ansiedad e, incluso, realizar conductas para evitar estas situaciones. Se ha de tener en cuenta, que es necesario que la fobia interfiera en la vida de la persona, es decir, una persona puede tener fobia a las serpientes, pero al vivir en una ciudad, como Madrid o Barcelona, no tiene oportunidad de manifestar este miedo y por tanto, no se consideraría fobia. Este hecho, repercute en considerar a las fobias como el trastorno menos incapacitante, ya que no siempre uno se encuentra ante la situación que la desencadenaría.
Por otro lado, las causas o detonantes de los miedos más comunes se han clasificado dentro de diferentes tipos: animal, ambiental, sangre-inyecciones-daño, situacional (aviones, ascensores, recintos cerrados,…).
De entre todas ellas, el subtipo de sangre-inyecciones-daño necesita una aclaración ya que su respuesta de ansiedad es diferente a las otras situaciones. Es conocido por muchos que hay personas que ante la sangre, propia o ajena, se desmayan. Teniendo en cuenta, que la ansiedad es una respuesta del sistema autónomo simpático y, por tanto, una respuesta de activación, este desmayo no es una respuesta típica.
En la fobia a la sangre-inyecciones-daño, lo que sucede es una respuesta bifásica que se divide en un primer momento por un incremento de la presión sanguínea y la tasa cardiaca; y, seguidamente, un rápido descenso de estos parámetros como respuesta vasovagal a esa situación, lo que produce el desmayo o la sensación de mareo.
En estos casos, el tratamiento específico en lugar de potenciar la relajación, intenta evitar esta respuesta aprendiendo a tensar los músculos de manera diferenciar y evitando, de esta manera, la bajada de presión arterial y de la tasa cardíaca, como por ejemplo utilizando la tensión aplicada de Öst.


