Cuanto mayor sea el esfuerzo, mayor es la gloria (P. Corneille)

La tristeza

por Silvia Valero Loro

La sociedad nos educa para evitar emociones desagradables: el dolor y el sufrir. O, por lo menos, no demostrarlo en la medida de lo posible. Demostrar tristeza se considera inadaptado, incluso desagradable.
Nos ponemos barreras ante los “no quiero”, “no puedo” o incluso “no debo” llorar. ¿Por qué no podemos sentirnos tristes? En ciertas ocasiones es necesario, adaptativo.

Veíamos en “Aprender las emociones” que la tristeza nos motiva hacia una nueva reintegración personal y que entender y regular las emociones nos ayudará a tomar decisiones, sea del tipo que sean.

Aceptar la tristeza y el dolor emocional, entonces, es natural. Como seres sociales debemos hacer un esfuerzo por entender nuestras emociones para así transformarlas en algo positivo. Aprender de nuestros errores, de nuestra experiencia. Y de la experiencia de compartir espacios con los demás.

La cultura oriental nos enseña la filosofía del vivir con el símbolo del ying-yang. Un círculo que simboliza la hegemonía entre lo bueno y lo malo, la convivencia de la alegría y la tristeza, y cualquier dicotomía de la vida que podemos interpretar, re-interpretar y mirarla con otros ojos.

Por ello la tristeza también nos protege y proporciona salud psicológica, del mismo modo que lo hace la alegría. Ni una ni otra emoción son patológicas en sí mismas. Lo son cuando la situación por lo que se está triste o alegre ha cesado y el sentimiento perdura en el tiempo.

Llegados a este punto, ¿qué es sentirse triste? Es posible que ni siquiera sepamos que significa sentir tristeza. Y, lógicamente, si no sabemos que significa la tristeza, ¿cómo vamos a sentirla?


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