por Luis Salar Vidal
La de la alcachofa, la de la uva, la del arroz integral, la del helado, las pobres en hidratos de carbono y ricas en grasa (o viceversa), la de la luna, la del buen humor, la de los sándwiches, la de la Clínica M., la del Dr. A., la de Hollywood,… Centradas principalmente en un único alimento, excluyendo algunos otros, basadas en principios esotéricos o con el dudoso reconocimiento de alguna institución de prestigio; todas ellas son dietas milagrosas, es decir, regimenes alimenticios que prometen a quienes los siguen perder mucho peso en poco tiempo, sin demasiado esfuerzo y, supuestamente, sin riesgos para la salud. No analizaremos en este espacio cada una de estas dietas, ni los engaños en los que están basadas. Tampoco nos pararemos en los peligros reales para el bienestar físico y mental que suponen (trastornos digestivos, efectos psicológicos negativos, pérdida de cabello, descalcificación ósea, amenorrea, el temible efecto rebote o yo-yo, etc…) si no que intentaremos entender, desde un punto de vista psicológico, este fenómeno.
Para comprender este tipo de dietas hemos de empezar por entender nuestro cuerpo. Que el ser humano ha sido y es un ser corporal es innegable. Tenemos un cuerpo sobre el que sentimos y padecemos y que nos permite estar y relacionarnos con los demás. También es cierto que el trato que tenemos con nuestro propio cuerpo (y con los cuerpos ajenos) ha ido cambiando con el paso del tiempo. Hemos pasado de tener un cuerpo que nos permite sobrevivir y reproducirnos a tener un cuerpo que nos define, nos identifica y nos representa ante los demás. El cuerpo además de ser un ente físico (mis piernas, mi pelo, mis brazos,…) se ha convertido en un ente psicológico (mi valía personal, mi seguridad, mi rol dentro del grupo,…). Los avances de la ciencia y la tecnología, la creación de trabajos que requieren cada vez menos esfuerzo físico, los medios de transporte, pasar de vivir en un ámbito rural a vivir en la ciudad; han jugado, sin duda, un papel importante. También es cierto que el wonderbra, los medios de comunicación, los tratamientos antienvejecimiento y la cirugía plástica probablemente habrán tenido algo que ver. Muy relacionado con estos últimos elementos mencionados, nos encontramos con otro fenómeno. Ya no vale con tener un cuerpo delgado para ser aceptado y valorado. Ahora, además, tiene que tener un aspecto joven, esbelto (pero con las curvas justas y correctas) y firme independientemente de la edad o las experiencias (embarazos, problemas de salud, sedentarismo,…) que uno haya vivido. Un lifting me permite negociar con lo inevitable, mi piel y yo envejecemos.
Como decíamos, nuestros cuerpos a día de hoy nos definen. El cuerpo no normativo, aquél que se aparta de los cánones de belleza imperantes, se entiende como un signo de dejadez, escasa valía y poca voluntad y nadie quiere ser visto por los demás de esta manera porque nadie acepta tales valores. Con la cantidad de recursos que tenemos a nuestro alcance (dietas, cremas reductoras, bótox,…) ¿cómo voy a mostrar un cuerpo “no normal” en la playa? ¿Qué pensarán los demás de mi cuerpo? Y lo que es más importante: ¿Qué pensarán de mí? Empecemos pues la “operación bikini”. Consigamos un cuerpo atractivo en tiempo record (vivimos en una sociedad de satisfacción inmediata), sin esfuerzo y siendo compatible con nuestros hábitos sedentarios de vida y entretenimiento. Todos nos podemos hacer una idea de cómo acaba. Nos cuesta aceptar que nuestro cuerpo es el que es y que podemos controlar menos aspectos del mismo del que pensamos. Las dietas milagrosas nos hacen un flaco favor en este sentido. Este tipo de regimenes, junto con los socorridos recursos estéticos, cosméticos, quirúrgicos,… son, en definitiva, un argumento en la negociación entre nuestro cuerpo (el que nuestra genética y nuestros hábitos nos han proporcionado) y el cuerpo anhelado (el que es portada de revistas y el que dicen que asegura aprobación, felicidad, triunfo,…).
Muchos casos de trastornos de la conducta alimentaria se desencadenan tras haber seguido una dieta estricta y milagrosa para perder peso ante la llegada del verano, una boda o cualquier otro acontecimiento que requiera “estar guapos para los demás”. La necesidad de controlar los alimentos, de negociar con el cuerpo, asociar la delgadez con el éxito y la búsqueda de la aceptación social a través del cuerpo están presentes en estos casos y suponen un auténtico reto para los profesionales. ¿Cómo luchar contra cuerpos esculturales y triunfadores, productos bajos en calorías y pieles siempre tersas?
A pesar de la cirugía estética, los complejos vitamínicos, los últimos avances en cosmética y las dietas milagro con sus persuasivos nombres, el cuerpo humano tiene sus límites. No podemos hacer lo que queramos con él sin pasar por métodos inviables, radicales y altamente nocivos para nosotros.



Muy bueno el tema, muchas gracias por subirlo.
Posted by cirugía estética on enero 12th, 2012.