La bondad es el principio del tacto, y el respecto por los otros es la primera condición para saber vivir (Henry F. Amiel)

Psicología Clínica

Emociones de peso

por Luis Salar Vidal

Nuestra sociedad está viviendo una gran paradoja. Por una parte están aumentando los problemas de obesidad y sobrepeso y por otra los casos de anorexia y bulimia. También cada día hay más personas que pesan más persiguiendo cuerpos cada vez más delgados, esbeltos y tersos. Este fenómeno social que sitúa a los cánones de belleza, sobre todo el femenino, por debajo del peso normativo alimenta una auténtica obsesión por el cuerpo y de paso todo un negocio: gimnasios, dietas, cosméticos,… Si entre tus propósitos de año nuevo está perder peso, quizás deberías plantearte antes algunas cuestiones.

¿Qué es la obesidad?
Aunque se ha definido la obesidad como un exceso del peso corporal, quizá sea más apropiado entenderla como un exceso de tejido adiposo. A partir de lo que señala la báscula, existen unas tablas estandarizadas que clasifican a la persona según su sexo, edad y constitución física dentro de unos parámetros. De esta manera, un deportista quizá tenga exceso de peso pero no podemos decir que esté obeso. Actualmente la obesidad está considerada un grave problema para los sistemas sanitarios y ya representa un 7% de su gasto. Sólo en España el 63% de la población adulta tiene exceso de peso y el 20% de los niños entre 6 y 9 años padece obesidad.

¿Por qué hemos engordado?
Principalmente porque comemos más de lo que necesitamos y comemos peor de lo que deberíamos. Ligado al trabajo industrializado, el crecimiento de las ciudades, los incompatibles horarios laborales; cada vez llevamos estilos de vida más sedentarios: nuestros trabajos

comportan muy poca actividad física, cubrimos distancias con medios de transporte, dedicamos nuestro ocio a ver la televisión, navegar por Internet, videojuegos,… En paralelo los hábitos alimentarios también han cambiado: hemos sustituido la dieta mediterránea por los alimentos precocinados, la comida de casa por la comida rápida, los fogones por las máquinas expendedoras, comer con los nuestros a comer con desconocidos o solos… Por supuesto, también influyen la genética, trastornos metabólicos y bloqueos emocionales.

Acabemos con el mito del “gordito feliz”
Desgraciadamente, la sociedad en general rechaza al obeso y le culpa de su tara. Especialmente si es una mujer. Numerosos estudios explican que la obesidad se encuentra estigmatizada y que alrededor del obeso existen todo tipo de perjuicios: indisciplinado, falto de voluntad, infeliz, poco amigable, torpe, carente de atractivo,… El mayor riesgo es que la persona con obesidad interiorice estos calificativos, como consecuencia rechace su cuerpo e inicie conductas encaminadas a controlarse como pesarse constantemente, ayunar, hacer ejercicio físico extenuante, aislarse,… Estos comportamientos son propios de un trastorno alimentario. El mito nos describe a los “gorditos” como felices y risueños pero lo cierto es que detrás de un obeso suele encontrarse una persona con dificultades para relacionarse, inestabilidad emocional, escaso control de los impulsos y malestar afectivo.

¿Puedo tener el cuerpo que quiero?
Otra idea preconcebida ligada con la anterior es que con la cantidad de recursos a nuestro alcance (dietas, gimnasios, cremas reductoras, operaciones de estética, alimentos light,…) y con empeño uno puede tener el cuerpo que desee. Esta creencia errónea lleva a mucha gente a proponerse objetivos poco realistas sobre cuánto peso quiere perder. No conseguirlo provoca sentimientos de frustración y baja autoestima que pueden llevar a la ingesta compulsiva. El pensamiento que hay detrás sería “si no lo he conseguido es por mi falta de voluntad” y eso le empujaría a tomar medidas más drásticas: ayunos prolongados, ejercicio físico extremo, consumo de purgantes,… Cuando en realidad son las metas las que están equivocadas y la persona no está teniendo en cuenta que su cuerpo tiene unos límites y hay que conocerlos y respetarlos.

Para reflexionar
Como hemos visto la obesidad es un problema complejo que tiene varias causas: biológicas, psicológicas, culturales,… A pesar de la publicidad y de las creencias populares, ni la delgadez da la felicidad ni podemos tener el cuerpo que nos quieren imponer… a menos que estemos dispuestos a hacernos daño. Más importante que tener un peso determinado es tener un cuerpo sano. Aprender a respetarlo, dándole lo que necesita, lo que le hace bien. Cada uno tenemos el cuerpo que nos ha tocado, es lo que nos sitúa en el mundo y nos va a acompañar durante mucho tiempo. Nos irá mejor si aprendemos a respetarlo y cuidarlo.



La perversión de las “Etiquetas”

por María Vázquez-Costa

Se puede establecer una distinción entre diagnóstico y etiqueta en base a diversas variables: objetivo y función del término, contexto en el que se utiliza, lenguaje no verbal y explicaciones que lo acompañan, etc. Un diagnóstico, para ser útil, debe dar información sobre las causas del problema (cómo se originó, o bien por qué se mantiene) y los posibles tratamientos. Si no es así, el diagnóstico no sirve a su función, y se convierte en una etiqueta.

Los diagnósticos en el ámbito de la salud mental tienen características peculiares. A menudo la información que dan es limitada, aproximada y confusa, dada la complejidad del funcionamiento psíquico del ser humano y el desarrollo aún incipiente de las ciencias que lo estudian. No se conocen con exactitud las causas de prácticamente ningún trastorno o alteración “de la mente” que, por lo general, son mútiples; bastantes diagnósticos se basan en una agrupación de signos y síntomas, que pueden aparecer conjuntamente, pero cuya interrelación está por descubrir; además, para diagnosticar algo, deben cumplirse sólo una proporción de los items sugeridos, p.ej. 5 características de 9 posibles, con lo cual puede haber dos personas con el mismo diagnóstico y muy diferente presentación. Por último, diversas escuelas médicas y psicoterapéuticas defienden la mayor eficacia de diversos tratamientos, produciéndose con frecuencia luchas de poder, en las que por supuesto las empresas farmacéuticas y sus intereses económicos juegan su papel.

Por todo ello, los profesionales de la salud mental deberíamos cuidar el uso que hacemos del lenguaje, y en especial de los diagnósticos. Convenimos con Echeburúa en su afirmación sobre los efectos iatrogénicos de las etiquetas en la persona: “si la etiqueta es de enfermo, la persona se sentirá enferma”. A esto hay que añadir las connotaciones asociadas a determinados términos que, en ocasiones, pueden ser más dañinas que la propia enfermedad en sí. Con esto nos referimos, tanto al imaginario social respecto a determinadas enfermedades, por ejemplo la esquizofrenia, como a la información transmitida implícitamente por el profesional (actitud, gestos, tono de voz…) que revela lo que él mismo piensa sobre el problema del paciente, como sucede por ejemplo con el diagnóstico de “trastorno de personalidad”.

Una de las maneras en que un diagnóstico poco riguroso puede ser perjudicial para la persona, es a través de la “profecía autocumplida”, por la cual, lo que el paciente espera sobre sí mismo y lo que el profesional espera de éste, acaba haciéndose realidad. Por ejemplo, no es lo mismo decir “esquizofrenia”, con su connotación de enfermedad incurable, que “episodio psicótico”; en este caso concreto, las variables temporales y síntomas asociados son especialmente importantes a la hora de afinar el diagnóstico, y no vale “meterlo todo en el mismo saco”.

El curso y pronóstico de muchos de los trastornos psicopatológicos clasificados en el Manual Diagnóstico (DSM) depende de la actitud de profesional y paciente, de la confianza mutua y del tratamiento proporcionado. Un diagnóstico que no orienta en el tratamiento es una etiqueta, que abre el camino a los prejuicios en vez de a la curación o mejora. Esto es algo que ni profesionales ni pacientes debemos permitir.

En el próximo post os hablaremos del caso concreto de las “etiquetas” en el Trastorno Límite de Personalidad.



Una patología invisible. Analizando los síntomas de la fibromialgia

por Marta Turroja Serra

Lucía tiene 61 años, no recuerda cuándo empezó todo, hace ya mucho tiempo… Los días transcurren acompañados de sufrimiento y dolor de todo tipo. A veces los dolores físicos son llevaderos, en otros momentos más intensos e invalidantes, impidiéndole desarrollar sus actividades habituales.

Al abrir los ojos por la mañana, Lucía necesita mucha más energía que cualquiera de nosotros para despertar y levantarse de la cama. La fatiga que no se despega de ella, convierten cada actividad, por pequeña que pueda parecernos, en un ejercicio que va a exigir un gran esfuerzo. A pesar de ello, decide enfrentarse al día. El paso de las horas junto a la ayuda de la medicación, hacen que se encuentre un poco mejor. En consecuencia, Lucía aprovecha para hacer todas sus tareas, pero cuando llega el mediodía, después de comer, se siente exhausta. El cuerpo dolorido y el cansancio no desaparecen; a lo que hay que sumar la apatía y la anhedonia que a menudo la acompañan. Las tardes transcurren con lentitud, habitualmente con poca actividad, sin que su patología le de tregua. Llegada la noche, el agotamiento se apodera de ella con rapidez, mientras que la dosis de ansiolítico necesaria le permite conciliar el sueño.

Aparentemente, nada indica que Lucía esté enferma, hace buena cara y cuando está rodeada de otras personas se muestra alegre y sociable. De carácter fuerte y luchadora, pocas veces la escucharéis quejarse. Sin embargo, unos pocos saben que Lucía no goza de buena salud. La fibromilagia irrumpió en su vida, sumándose al trastorno depresivo que acarreaba con anterioridad.

Realizar un diagnóstico de fibromialgia (FM) resulta más complicado de lo que pueda parecer. A menudo, sus síntomas se consideran individualmente; por lo que en muchas ocasiones se aplica un tratamiento independiente de cada uno de ellos, sin considerar que forman un cuadro clínico propio que debe ser abordado con un análisis global y mediante una visión de conjunto.

Además, la controversia existente entorno a la FM, y la falta de una prueba específica y única sobre la que realizar el diagnóstico, genera largos recorridos de los pacientes hasta ser tratados por un profesional que detecte adecuadamente la patología.
Veamos a continuación los síntomas principales de la FM:

  1. Dolor: es el síntoma central de la FM. Este dolor puede ser leve o intenso y localizarse en una zona o en varias, siendo las más habituales las lumbares, cervicales, hombros, caderas, rodillas y codos. Es frecuente que las características del dolor se vayan modificando y que empeoren ante situaciones de estrés o ansiedad, con el clima húmedo y frío, o bien tras un exceso de actividad. Los sujetos que padecen FM tienden a despertarse acompañados de anquilosamiento (rigidez) en el cuerpo; del mismo modo que les ocurre tras largos periodos de tiempo sentados.
  2. Fatiga: la fatigabilidad de los pacientes oscila durante el día con episodios de agudización (crisis de agotamiento) que suelen mejorar con el reposo. La fatiga puede limitar en las actividades del sujeto y interferir en su vida diaria cuando es de carácter moderado o severo.
  3. Depresión y ansiedad: ambos aspectos son muy presentes en sujetos con FM, por lo que a menudo los pacientes son diagnosticados equivocadamente con un trastorno depresivo o ansioso. Sin embargo, cuando se detectan estos síntomas es muy importante su tratamiento, ya que pueden agravar la FM e interferir en su manejo.
  4. Insomnio: es otro de los síntomas más extendidos. A pesar de dormir las horas suficientes, en muchos casos manifiestan un sueño no reparador; se despiertan cansados como si apenas hubieran dormido. Por otra parte, pueden experimentar dificultades para conciliar el sueño y/o para mantenerse dormidos.
  5. Trastornos cognoscitivos: las personas con FM padecen de alteraciones cognitivas caracterizadas por síntomas diversos como las dificultades para mantener la atención y la concentración, lentitud en el procesamiento mental, pérdida de memoria y olvidos.

También existen otros síntomas menos frecuentes pero que acompañan a muchos de los pacientes con FM:

  • Parestesia: entumecimiento y hormigueo de las extremidades, principalmente manos y pies.
  • Síndrome de las piernas inquietas: es un trastorno neurológico caracterizado por el impulso incontrolable de mover las piernas en situaciones de descanso o reposo.
  • Síndrome del intestino irritable (SII): en ocasiones la FM se acompaña del SII, también llamado síndrome del colon irritable, en el que se observan trastornos digestivos, cólicos, dolores abdominales, meteorismo, estreñimiento y/o diarrea.
  • Dolor de cabeza: son habituales las jaquecas, tensión y dolores de cabeza de tipo vascular. También pueden coexistir con molestia en las sienes o detrás de los ojos. Además, se ha observado en varios casos disfunción de la articulación temporomandibular que produce dolores de cabeza acompañados de molestias en la cara y las mandíbulas.
  • Hipersensibilidad sensorial, síntomas alérgicos y problemas de la piel: prurito, manchas, reacciones alérgicas, hinchazón, hipersensibilidad a la luz, los sonidos y los olores.

Entre los sujetos con FM existe gran variabilidad en la manifestación de los síntomas, tanto en su presencia o ausencia, como en la intensidad y gravedad de los mismos. Así bien, para un diagnóstico correcto es imprescindible una visión generalizada que considere esta diversidad y que abarque todos los síntomas del paciente asociados con la patología.



Depresión y suicidio II

por Eva Pastor González

Proseguimos en este artículo hablando sobre la primera causa de muerte violenta en el mundo según la OMS, la conducta suicida asociada a la depresión, situando el foco de atención esta vez en la prevención. En concreto, vamos a ver las medidas preventivas actuales a nivel general que pueden extrapolarse y aplicarse a nivel personal.

Definamos primero qué aborda una buena medida de prevención y en qué consiste ésta, ya que es figura clave para evitar tanto el intento de suicidio (con mayores porcentajes entre la población) como el suicidio consumado. Entendemos por prevención ante el suicidio aquel conjunto de medidas de apoyo psicológico, social e institucional que contribuyen a que los ciudadanos estén en condiciones óptimas para manejar los hechos estresantes vitales y disminuir los daños que éstos puedan provocar.
Ello implica que la prevención trata aquellos factores que favorecen la ideación y conducta suicida.

El objetivo final es disminuir la tasa de muertes provocadas, mitigar sus causas y así las enfermedades con mayor comorbilidad asociada. Como mencionábamos en el artículo anterior, toda aproximación que procure prevenir el suicidio ha de ser multidisciplinar, una visión que tenga en cuenta las diferentes causas, así como una intervención que cubra distintos aspectos: ambientales, biopsicosociales y culturales. De esta manera, las áreas de acción deben ir desde el ámbito sanitario, educativo y político; al comunitario o los medios de comunicación, para alcanzar un mayor radio de intervención e influencia.

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El trastorno obsesivo-compulsivo

por Cristina Garcia Gilabert

El trastorno obsesivo compulsivo (TOC), es un trastorno presente en un 2,5% aproximadamente de la población. En este trastorno encontramos dos componentes diferenciados que deben actuar de manera conjunta. Por un lado, tenemos las obsesiones que serían el componente más cognitivo y, por el otro, las compulsiones que serían aquellas conductas visibles o no visibles que realiza la persona.
Según el DSM – IV – TR, la definición de ambos componentes vendrían determinadas por los siguientes criterios:

En algunos casos, se ha observado que las obsesiones no van seguidas de compulsiones, así como compulsiones que no van precedidas por las obsesiones. Según Rachman y Silva, el malestar, las obsesiones y/o compulsiones y la urgencia compulsiva siempre están presentes en todos los pacientes.
Es necesario tener en cuenta, que la relación existente entre ambos componentes es una reducción temporal de la ansiedad. Las compulsiones o las conductas realizadas después de las obsesiones, producen una sensación de tranquilidad en la persona al creer que ha realizado algo para frenar esa preocupación.

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Depresión y suicidio

Por Eva Pastor González

Las llamadas conductas autolesivas pueden presentarse asociadas a varios trastornos psicopatológicos, como los cuadros de esquizofrenia, los trastornos de personalidad o las demencias. No obstante, en los trastornos depresivos suelen aparecer de forma general, ya sea en forma de ideas de muerte, ideas de suicidio o intentos de suicidio. En este artículo abordaremos una parte de esta problemática tan presente en los Trastornos afectivos – especialmente en el Trastorno depresivo mayor, Distimia y Trastornos Bipolares: las ideas de suicidio y la conducta suicida en el contexto de la depresión.

Según la OMS, se producen 1 millón de suicidios al año, cifra que sitúa a esta conducta, como la primera causa de muerte violenta en el mundo superando incluso las muertes por accidentes de tráfico, por guerra y homicidios. La franja de mayor edad así como la juvenil, representan los porcentajes más elevados y proclives a padecer trastornos depresivos respecto a otros grupos de población. Ante estos datos, es indudable que estamos ante un grave problema de salud pública y de afectación internacional, llegando a todas las razas, culturas y clases sociales. Cabe añadir que el suicidio es un constructo de tipo multicausal en el que los factores psicológicos de riesgo son considerables, especialmente los sentimientos de desesperanza y el bajo estado de ánimo asociado. A pesar de estos factores depresivos, existen a su vez otros trastornos mentales considerados como factores de riesgo para el suicidio. Según la OMS, los trastornos mentales en los que se observa más comorbilidad con la conducta suicida son: 24% trastornos afectivos, 22% trastornos de personalidad, 21% otra patología mental, 18% abuso de sustancias, 10 % psicosis-esquizofrenia y un 5 % síndromes orgánicos cerebrales. Como observamos, los trastornos afectivos son el colectivo con mayor riesgo y mayor presencia de conducta suicida.

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Ansiedad generalizada: ¡No puedo parar de preocuparme!

Por Cristina Garcia Gilabert

Siguiendo con la serie de artículos publicados durante los últimos meses sobre los diferentes trastornos que cursan con ansiedad como síntoma primario, nos centraremos en el trastorno de ansiedad generalizada. Dicho trastorno, representa casi un 6% de la población general, observándose de manera prioritaria en las mujeres a partir de los 20 años.
Los criterios diagnósticos del DSM–IV–TR destacan el carácter persistente, insidioso y generalizado de ansiedad siendo considerablemente difícil relajarse. Entre ello resaltamos la importancia diagnostica de tres características:

1. Ansiedad y preocupación excesivas (expectación aprensiva) sobre una amplia gama de acontecimientos o actividades (como el rendimiento laboral o escolar), que se prolongan más de 6 meses.
Para una persona con trastorno de ansiedad generalizada, cualquier situación cotidiana se vive como un problema requiriendo muchas horas de preocupación y de análisis, al margen de la opinión externa sobre la importancia o no de dicha situación.

2. Al individuo le resulta difícil controlar este estado de constante preocupación.
Aunque intente evitarlas, la persona tiene la sensación de que las preocupaciones tienen vida propia y van reapareciendo una y otra vez en su cabeza. Teniendo la sensación de que no puede dejar de preocuparse en su día a día.

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